Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente en The Milton Paper. Se reproduce a continuación con el permiso del autor. (Featured image de Kevin Sabitus de Getty Images)
por Rhys Adams ’26
No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai / Que no quiero que hagan contigo lo que pasó a Hawaii. Durante el Super Bowl de 2026, Ricky Martin, estrella de pop latino, cantó este estribillo de “LO QUE LE PASÓ A HAWAii,” la canción más abiertamente política de DeBÍ TiRAR MáS FOToS, el increíble álbum de 2025 de Bad Bunny que acaba de ganar el premio Grammy por el álbum del año el 1 de Febrero. Quede claro que artistas puertorriqueños—particularmente Benito Antonio Martínez Ocasio, o Bad Bunny—están experimentando un memento bien merecido en el foco, pero les perjudicaríamos a ellos si ignoráramos el contenido urgente de sus versos y nos centráramos solamente en sus suaves melodías de salsa, sus pistas de acompañamiento big band, y ritmos de reggaeton.
El trozo que le oyó América a Ricky Martin la otra semana sigue una tendencia en la letra reciente de Bad Bunny: lamentar la gentrificación de Puerto Rico a manos del imperio gringo como la pérdida de una exnovia (del cual, me dicen, él ha tenido muchas). Además, su espectáculo de medio tiempo incluyó una bandera independentista puertorriqueña de azúl clarito, un símbolo del movimiento en contra de la estadidad de la isla y una referencia al video musical por “LA MuDANZA,” en el cual Bad Bunny canta «De aquí nadie me saca.» La mayoría de estadounidenses no reconocen a esa bandera, a esa letra, o a ese movimiento, pero su momento se está acercando rápido.
A lo largo de las últimas semanas, comentaristas de centro izquierda les han puesto a parir los críticos conservadores de la selección de Bad Bunny como artista principal del Super Bowl, refutando sugerencias por gente como Tomi Lahren y Jake Paul de que Ocasio «no es un artista estadounidense.» Aunque los liberales, por no tener miedo de la lengua española, probablemente tienen más razón en este contexto que los derechistas, todavía no hacen caso a la lucha (frecuentemente violenta) por la libertad puertorriqueña y tratan al estatus de la isla como colonia estadounidense, que debe ser profundamente controvertido, como un acuerdo cerrado.
En los años treinta, la Policía Insular de Puerto Rico, dirigida por Washington, reprimió a la primera organización independentista puertorriqueña, el Partido Nacionalista, masacrando a diecisiete manifestantes pacíficos en Ponce en 1937 y heriendo a 200 más. En los años sesenta, el programa COINTELPRO del FBI, a cual estudiantes del movimiento de derechos civiles de los afroamericanos van a reconocer, vigiló a casi 75.000 activistas independentistas puertorriqueños, forzando a muchos hacia el neutralizado Partido Popular Democrático (PPD), según el Boston Globe. Hoy en día, el PPD sirve como la única oposición seria al partido de turno, el neoliberal Partido Nuevo Progresista (PNP), que accedió en 2016 a un ley que dio el gobierno federal de los Estados Unidos autoridad exclusiva sobre la reestructuración de la deuda de Puerto Rico, uno entre muchos arreglos fundamentalmente coloniales a que ahora protesta Bad Bunny.
Quizás el rasgo más irritante del yugo yanqui en el Puerto Rico actual, sin embargo, es el “Merchant Marine Act” de 1920. También conocido como la ley Jones, esta legislación requiere que todas las embarcaciones entre dos puerto estadounidenses ocurre en barcos construidos en los EEUU con tripulaciones completamente estadounidenses, formando una reliquia de la época en que marineros agente doble amenazó la seguridad nacional más que spyware enemigo. En 2019, un informe de un consorcio de empresas puertorriqueñas halló que los envíos que acatan la ley Jones ($3,027 por travesía) cuesta casi triple lo que cuesta comparables envíos a la República Dominicana ($1,206 por travesía). Esta política anticuada hace subir los precios de comida, alojamiento, asistencia médica, y prácticamente todo lo demás que necesiten los puertorriqueños. No es extraño que la población de Puerto Rico haya bajado alrededor de 1,6% desde el año 2020, principalmente a causa de la emigración neta, haciendo a Puerto Rico el único país latinoamericano excepto Cuba, Venezuela, y Uruguay con crecimiento demográfico negativo constante.
¿Podríamos revocar la ley Jones? Por supuesto. El Departamento de Seguridad Nacional de Joe Biden incluso lo dispensó durante Huracán Fiona en 2022, pero cuando sosegó la crisis, la jaula de oro de inflación cayó sobre Puerto Rico de nuevo, porque los gringos hacen las reglas. Ahí radica el problema. Soy instintivamente escéptico del separatismo y el nacionalismo, y sueño de un mundo más integrado, pero, en palabras del primer ministro candiense Mark Carney, “No se puede vivir con la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de la subordinación.” Las amenazas que ha hecho mi patria, los EEUU, a Canadá, también mi patria, desde enero pasado me han hecho pensar a menudo en Puerto Rico. Es genial ser rico y poderoso, así que mucha gente no vacila en preguntar ¿Quién no querría ser parte de los Estados Unidos? Pués, resultó que la respuesta es mucha gente. Una campaña incesante por la interconexión volverá posible solamente cuando el garante jefe de esa interconexión—por ahora, Donald Trump—deja de usarlo como arma en contra de cualquiera cuyas ideas o cuyo tono de piel no le gusta a él. Encima, si Trump fuera el creador de cada perjuicio estadounidense sufrido por América Latina, no veríamos a la ley Jones y la reestructuración de deuda causando tanto daño.
Algunos fuertes contraargumentos de la independencia persisten, tendiendo a mencionar que, en los referéndums organizados por el PNP, más puertorriqueños indican apoyo a la estadidad estadounidense que por la independencia. Aun así, el último referéndum con la participación de todos los partidos significativos era en el año 2020, cuatro años antes de que una encuesta por El Nuevo Día, el periódico más estimado de la isla, mostró un empate entre el apoyo a la estadidad y los números combinados por independencia total y libre asociación soberana, ambos con un 44%. De todos modos, yo preferiría ver este debate resuelto por un voto vinculante, y la independencia, por sus méritos, merece una oportunidad justa. Yo, más descreídamente, arguyo que la política actual de los EEUU continental hace que la estadidad sea prácticamente imposible por el momento, porque al menos unos cuantos republicanos del congreso necesitarían acceder a darle dos senadores a una jurisdicción en donde Kamala Harris superó a Donald Trump por más de cuarenta puntos porcentuales. Finalmente, la noción de que Puerto Rico tenga más riqueza que sus vecinos caribeños está nublado por el declive poblacional de Puerto Rico, que desvía las cifras per cápita a favor de los expatriados que ahora gentrifican a San Juan.
No todos los puertorriqueños están de acuerdo conmigo; El Nuevo Día te lo dirá. Sin embargo, el apoyo por la independencia está creciendo, por no hablar de que el artista más reconocible del mundo lo ha respaldado a pleno pulmón, y la historia deja patentes sus beneficios. El poder imperial es perjudicial para quien lo posee y aún peor para sus víctimas. Viva Puerto Rico. Viva los Estados Unidos (y su democracia). Viva la América.