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La niña tachada

 

Por Tiffany Jin, 2028

 

La cerilla ardía entre mis dedos y, por un instante, me devolvió al momento. La llama parecía conocerme mejor que yo mismo. Dejé que se quemara.

Ahora, de pie frente a la casa de mi infancia, todavía siento ese calor fantasma en mis dedos. Entro con la sensación de caminar hacia un recuerdo que no es del todo mío. En el cajón de la mesita de noche, encuentro la foto: una familia sonriente, una niña con la misma cara que yo, y un rasguño violento cruzando su rostro. Miro la imagen sin poder apartar la vista.

“¿Marina?” La voz de mi madre resuena en el pasillo. Cierro el cajón de golpe y siento que mi corazón late más rápido. Ella aparece en la puerta. Lleva el delantal todavía, las manos húmedas del fregadero. Su mirada viaja al cajón cerrado, luego a mis dedos temblorosos.

“¿Qué pasa?” Ella parece percibir mi nerviosismo. 

“Encontré…una foto. Una de cuando era niña. Pero no la recuerdo nada.”

Ella sonríe. “Es normal. Eras tan pequeña que no puedes recordar cada detalle.”

Durante la cena no mencioné la foto, y ella tampoco. Cada vez que levanto la vista, la encuentro observándome con un cuidado extraño, como si tuviera miedo de mí. 

Esa noche no puedo dormir. Algo late dentro de mí, una insistencia. Mi mirada se posa en la estantería. Me levanto de la cama y me acerco. Paso los dedos por los lomos de los libros, casi todos gastados, algunos míos, algunos de mi madre. Hay uno que me llama la atención: un libro infantil, el mismo que ella solía leerme antes de dormir. No sé por qué lo tomo. Tal vez quiero recordar algo cómodo, algo sencillo.

Cuando lo abro, algo cae entre mis pies. 

Un papel amarillento, plegado en cuatro. Me agacho y lo recojo. Se siente frágil, casi polvoriento. Lo desdoblo con cuidado. El titular dice: Incendio trágico en Buenos Aires. Y debajo una línea: Se sospecha que el incendio fue causado por humanos, desde el interior. La única sobreviviente es una niña de tres años, encontrada en shock cerca del jardín.

Mi respiración se corta. Miro la foto. No recuerdo la casa, pero mi cuerpo sí. Siento algo dentro de mí que dice: allí. Allí fue. Un sonido detrás de mí me hace girar. Mi madre está en el pasillo, pálida en la luz tenue. 

“Marina,” susurra. “¿Qué estás leyendo?”

“¿Por qué no me lo dijeron?” Mi voz sale afilada. “¿Por qué no me dijeron que…que había otra familia?”

Ella permanece en silencio por unos segundos. “Pensamos que era mejor. Eras tan pequeña que no puedes recordar cada detalle.”

“¿Y el incendio?” pregunto. “¿Qué pasa allí?”

Ella cierra los ojos. Una lágrima se desliza por sus mejillas. “No lo recuerdas, Marina. Está bien que no recuerdes.”

Pero yo ya lo sé. La imagen del rasguño en el rostro de la niña en la foto se superpone a un recuerdo borroso: mis propias manos cruzando una fotografía con lápiz, tachando mi propia cara como si quisiera borrarla. Algo me quema los dedos. 

Me alejo de la estantería. Abro el cajón. La foto sigue allí, esperándome. Junto a ella, una caja de cerillas medio vacía. Llevo la caja a la cama y me siento. Mi madre está en el pasillo, mirándome con terror. 

Saco una cerilla. La enciendo.

“Marina…por favor.”

La cerilla arde entre mis dedos.